Alfonso Malespín
Expulsar de la patria al enemigo, como realidad o metáfora, ha sido uno de los peores castigos imaginados y ejecutados en la historia de la humanidad.
¡Hasta Dios lo ha ejecutado!
Dicen los relatos judeocristianos que el señor del Antiguo Testamento echó a uno de sus arcángeles predilectos del coro celestial porque este quiso igualársele en los cielos; y que echó del Paraíso a sus creaciones humanas porque estos le desobedecieron.
Tampoco los monarcas han sido la excepción. Basta recordar al rey Alfonso VI, quien expulsó de Castilla a su leal guerrero Ruy Díaz de Vivar por creer los males decires de quienes le envidiaban.
La Inglaterra que era un poder colonial global desterraba a los peores condenados a Australia, un continente lejano, extraño y peligroso.
Más cerca, en Nicaragua, Anastasio Somoza García desterraba a sus enemigos a Corn Island, que entonces estaba lejos del resto del mundo, o a Guatemala, El Salvador y Costa Rica.
Uno de tales fue el poeta y periodista Manolo Cuadra. En 1937 Somoza lo desterró hacia Corn Island por sus escritos periodísticos críticos. El que lo hizo perder el control se titulaba “Suceda lo que suceda, la dictadura caerá”. Entre que tenía que cargar bananos, cavar zanjas y hacer lo que ordenaran los guardias, Cuadra aprovechó para producir “Itinerario de Little Corn Island”.
Pero no solo destierro padeció el poeta. También cárcel, torturas, trabajos forzados y la imposibilidad de publicar en los diarios y revistas de Nicaragua, por órdenes del todo poderoso Somoza García.
Lo de Manolo Cuadra no es un caso aislado. En la dramática historia centroamericana el destierro ha sido una práctica de los caudillos, quienes han desterrado sin compasión alguna a sus enemigos políticos. Barrios y Ubico en Guatemala, Maximiliano Hernández y Nayib Bukele en El Salvador, Tiburcio Carías y Oswaldo López Arellano en Honduras, Anastasio Somoza y Daniel Ortega en Nicaragua son maestros del destierro.
Pero a pesar de ellos y de otros más, varios de los cientos de destierros que se cuentan en Centroamérica han sido prolíficos porque se tradujeron, entre otras cosas, en Literatura. Como el “Poema a hachazos”, de Manolo Cuadra.
LOS DÉSPOTAS nos atan los pies y las manos
y traban nuestros dientes con alambre
porque los impotentes sienten miedo de la palabra.
Con nosotros barren el suelo de las ciudades,
taponan las letrinas y nos sumergen en las cloacas.
Pero este será el año de los grandes milagros.
Porque la libertad no está en la letra de imprenta,
ni nace de diez bandidos que discuten en una mesa,
ni viene de los carneros que mugen en el Parlamento.
Libertad: esa palabra se aferra muy dura a nuestras
conciencias.
Los periodistas nicaragüenses desterrados en el siglo 21 son, como sus antecesores, víctimas de una costumbre dictatorial que no tolera la libertad. Para el caudillo la independencia editorial es lo que la luz al vampiro.
A este vampiro bien lo retrata Pablo Antonio Cuadra en “Urna con perfil político”.
El caudillo es silencioso
(dibujo su rostro silencioso)
El caudillo es poderoso
(dibujo su mano fuerte)
El caudillo es el jefe de los hombres armados
(dibujo las calaveras de los hombres muertos).
El detallado estudio de PCIN “Diagnóstico situacional del periodismo nicaragüense en el exilio”, elaborado por María Lourdes Arróliga, muestra luces y sombras. Por un lado, la dramática situación en que deben continuar haciendo periodismo. Del otro, las posibilidades que se asoman en el horizonte para fortalecer su quehacer profesional.
El periodismo nicaragüense en el exilio es hoy una continuidad de la lucha por la libertad y la independencia editorial que se resiste a desfallecer. Es heredero del periodismo de ilustres como Rubén Darío, Salomón de la Selva, Manolo Cuadra, José Román, el profesor Edelberto Torres y otros más.
Tal ha sido la lucha en Nicaragua por más de 200 años, desde que las Provincias de Centroamérica se separaron de España. La búsqueda de la libertad sigue siendo el norte frente a horribles dictaduras que hacen cuanto pueden por acallar las voces divergentes.
Reitero: el buen periodismo nicaragüense en el exilio es heredero de Rubén Darío, quien en su periplo global fue periodista en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Colombia, España y por supuesto que también en Centroamérica.
Darío paró en Costa Rica y en este país nació su primer hijo en 1891. Pero en este país le fue mal y tuvo que partir en 1892 hacia Guatemala y luego a Nicaragua, donde lo incluyeron en la delegación que viajaría a España por la celebración del cuarto centenario del arribo de Colón al Caribe.
La carestía económica de Darío es también experimentada hoy por los periodistas nicaragüenses en el exilio. La gran mayoría no tiene empleo formal, ni seguridad social, ni seguridad física. El diagnóstico revela que 8 de cada 10 periodistas en el exilio continúa ejerciendo su profesión a tiempo total o parcial, pero solo 2 de cada 10 sienten que pueden hacerlo con seguridad y libertad plenas. La incertidumbre es la norma.
El periodismo nicaragüense en el exilio es también heredero de periodistas como José Román, quién nos legó Cosmapa y Maldito País desde su exilio en Nueva York, donde moriría en 1983.
En Bananos, Román narra las condiciones terribles de las bananeras en Costa Rica y de la explotación de quienes buscaban vida en las plantaciones. En Maldito País nos lega una pieza de periodismo inmersivo, al entrevistar y acompañar por semanas al general Augusto C. Sandino en las montañas segovianas.
En contrario a Román, los periodistas nicaragüenses en el exilio sufren por la falta de fuentes de información, pues estas temen que el largo brazo de la represión les alcance y calle, tal como ocurrió con Roberto Samcam en junio de 2025. Este periodismo del destierro es un periodismo que cita a voces de catacumbas.
Este exilio, tal y como lo describe el “Diagnóstico situacional del periodismo nicaragüense en el exilio”, es también heredero de Salomón de la Selva.
Cuando tenía 12 años, su padre fue arrestado y condenado a prisión. Salomón se presentó ante el dictador José Santos Zelaya en León, y leyó un discurso en que recordó los derechos del hombre y del ciudadano. La osadía del chavalo le cayó bien al dictador, quien ordenó la libertad del padre, y le ofreció una beca para estudiar en los Estados Unidos, a donde se marchó con sólo 13 años.
Ese gesto produjo un hecho histórico. En Nueva York Salomón de la Selva habría de conocer a su admirado Rubén Darío, a quien llegaría a traducirle 11 poemas al inglés.
¿Cuántas casualidades o destinos como ese han vivido y vivirán los periodistas nicaragüenses en el exilio? De ellas y ellos es la memoria de un país que el caudillo no quiere sea contado.
Igual que antes, el destierro no sólo busca erradicar voces; busca callarlas y mandarlas al olvido. Este destierro nos recuerda los horrores de la Inquisición Colonial. La independencia editorial es anatema y, por tanto, causa de persecución estatal, represalias y amenazas.
En Nicaragua se sabe quién persigue y quién amenaza. Lo han constatado el GIEI de la CIDH y el GHREN del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Lo han registrado los informes de gobiernos, entidades especializadas de los derechos humanos, diversas organizaciones de la sociedad civil, y las vidas de periodistas forzados a vivir desterrados.
El régimen de Ortega ha arrebatado nacionalidades, confiscado patrimonios, anulado pasaportes, eliminado los registros civiles y académicos de decenas de periodistas, después de acusarles de ser traidores de la patria, vendepatrias y propagadores de noticias falsas.
Este diagnóstico muestra que a 2 de cada 10 periodistas les han arrebatado su nacionalidad nicaragüense; y a 2 de cada 10 les han anulado y confiscado sus pasaportes nicaragüenses.
Pero solamente 3 de cada 10 periodistas viviendo ahora en el exterior se definen como desterrados. Los otros 7, no. — ¿Cuestión de conciencia? — Pero no intentan volver a Nicaragua. Temen por su seguridad. Tampoco intentan renovar su pasaporte nicaragüense, pues temen que en el consulado les arrebaten el que tienen ahora.
La apatridia de facto mata por inanición. Deja que los pasaportes, las cédulas de identidad y las licencias de conducir caduquen.
El estado de Nicaragua no responde las solicitudes de apostillado de documentos. No emite récords policiales, certificados de nacimiento ni permisos de viajes a menores de edad.
Aplica su política de “muerte a la inteligencia” al negarle al gremio periodístico la posibilidad de formar su relevo generacional y de renovarse profesionalmente. Una de las vías más nefastas para lograrlo ha sido el cierre de las mejores escuelas de periodismo y comunicación. Con esto, también se han quedado los educadores sin empleo.
Por temor, las generaciones más jóvenes se han ido de la profesión. Apenas uno del total entrevistado para este estudio tenía menos de 25 años. 7 de cada 10 periodistas en el exilio tienen hoy edades que van de los 25 a los 44 años.
El régimen espera que este grupo de profesionales envejezca en medio de dificultades, y que el destierro se deshaga de sus vidas.
Y no solo eso, que mientras estén vivos no tengan paz ni logren prosperar.
Sin embargo, se adivina luz al final del túnel oscuro. La resiliencia, la creatividad y la capacidad para explorar modelos de negocios que podrían resultar acertados sientan bases para pensar que la dictadura no se saldrá con la suya.
Tal cual lo hicieron periodistas notables desterrados de Nicaragua en otros tiempos, los de esta generación tienen la posibilidad de producir una obra para la posteridad haciendo buen periodismo, que trascienda esta etapa crítica.
Así lo pronostica este diagnóstico: “El periodismo independiente de Nicaragua y desde el exilio no va a desaparecer, tiene futuro” … este Periodismo narrará “el momento del retorno, de la instauración de la democracia”.
¡Qué así sea!

