Ser periodista en Nicaragua es defender el derecho a la memoria

Wendy Quintero. San José, Costa Rica / Ser periodista en Nicaragua conlleva un gran riesgo, sobre todo en los últimos ocho años. Dentro del país predomina el silencio forzado, la autocensura, la persecución, vivir casa por cárcel, trabajar desde la clandestinidad o tomar la dolorosa opción de abandonar la profesión para buscar otra forma de subsistencia.

En demasiados casos también significa ejercer el oficio en el exilio, bajo la apatridia, el anonimato y vivir en condiciones precarias, todo por informar a las audiencias y defender los derechos humanos.

El periodismo y los derechos humanos siempre han ido de la mano. Nuestra profesión está ligada a procesos democráticos basados en estos derechos universales, por eso ser periodista se asocia a la vigilancia y fiscalización para mostrar aquello que nos interesa como sociedad.

Una vez leí que esta hermosa profesión sólo puede ser ejercida por buenas personas. Así lo argumentó el maestro y periodista Ryszard Kapuściński, y tenía razón. Para ser un buen periodista debes contar con ciertas cualidades, personales y profesionales, olfato para las noticias, ética, profesionalismo, un alto sentido de compromiso social y muchas más, que incluso los mismos periodistas las damos por sentadas.

En este contexto tenemos la oportunidad de reflexionar sobre los desafíos del periodismo nicaragüense. Hoy implica asumir riesgos personales, familiares, económicos y emocionales. El compromiso de contar lo que ocurre sigue vivo, a pesar de que más de 310 periodistas estamos en el exilio, y quienes quedan en el país, están siendo amenazados constantemente.

Como periodistas está intrínseca la responsabilidad de defender la libertad de prensa y de expresión, dos derechos que no deben ser vistos como privilegios del gremio, sino un derecho de la ciudadanía por quienes al final trabajamos.

Cuando se persigue a un periodista, se castiga a toda la sociedad. Cada vez que se cierra un periódico, una radio, un canal de televisión o un sitio web, se deja a una comunidad con menos posibilidades de mantenerse informada.

Cuando se obliga a un periodista a callar, también se silencian las historias de víctimas, comunidades, mujeres, pueblos indígenas, personas presas políticas y familias exiliadas. Defender el periodismo nicaragüense en el exilio, es defender el derecho de la gente a saber, a recordar, a denunciar y a exigir justicia.

En Nicaragua, el poder pretende que informar parezca peligroso, que preguntar sea delito y la memoria, una provocación. El exilio nos permite seguir vivos y contando la realidad, pero no nos devolvió automáticamente la seguridad, la estabilidad ni la tranquilidad.

Nos acostumbramos a decir que el periodismo resiste, pero también tenemos que decir que el periodismo necesita comer, pagar alquiler, proteger a sus fuentes, cuidar a sus equipos y descansar. Hoy las audiencias no sólo leen, también protegen, comparten, verifican, donan, acompañan y ayudan a que una historia llegue donde el miedo quiere imponer el silencio.

Tengamos presente que en un país donde el poder intenta reescribir la historia todos los días, hacer periodismo también es cuidar la memoria. Por eso recordemos a quienes siguen informando con temor fundado, a quienes tuvieron que irse, a quienes fueron silenciados y a quienes, pese a todo, siguen creyendo que Nicaragua merece verdad. Porque informar no es un delito, informar es un derecho y defender ese derecho sigue siendo una forma de defender la vida que hemos elegido.

La autora es miembro de Periodistas y Comunicadores Independientes de Nicaragua (PCIN),
y defensora del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más

 

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